Queridos muchachos, queridas niñas, los extraño un montón. Cada vez que doy una vuelta por el colegio veo tristemente todo en su sitio: el pasto podado, los jardines florecidos, la fuente de la Virgen manando agua, los salones limpios y en orden, las banderas ondeando, las canchas limpias…; sí, todo en su sitio, todo, menos ustedes. Ustedes no están. Y faltando ustedes, falta el alma, falta el corazón, falta la razón de ser de todo eso otro que está en su sitio.

Hace ya demasiados días que a ustedes los recluyeron en sus casas con dos disculpas, la de protegerlos y la de que era posible que fueran contagiadores de la pandemia que estamos viviendo. No dudo en las buenas intenciones de lo primero, pero lo segundo es cada vez más puesto en duda por expertos mundiales. A medida que pasan los días y que se prolonga más y más el confinamiento de los niños y adolescentes, hay más inquietudes sobre si todo esto que los han puesto a padecer y sufrir realmente se justifica.

Creo que ustedes han sido dignos de admiración. En medio de la indisciplina social de muchos, de la informalidad e incluso de la rebeldía de algunos, los niños y los adolescentes han estado ahí en sus casas, asistiendo a clases virtuales, adaptándose a las herramientas y plataformas online, haciendo el esfuerzo por poner la mejor cara ante las peores circunstancias, sobrellevando el alejamiento de familiares, amigos y compañeros, renunciando al picadito de fútbol o de baloncesto, llenando el tiempo con pantallas, salvando amistades por Whatsapp y viendo pasar los días mientras les aplazan una y otra vez la fecha del día del regreso.

Comprendo que el paso del tiempo les ha ido haciendo mella a algunos. Me imagino que no es lo mismo la actitud del primer día de clases virtuales, a la actitud de “otra vez clases virtuales” después de un mes, o mes y medio, o más aún si siguen cambiando los plazos. De la tranquilidad se puede pasar a la zozobra, de la ilusión a la preocupación, de la sencilla alegría de la niñez o la juventud a la tristeza de la monotonía y la rutina, de los sueños del principio a los miedos de semanas después, de sentirse con fuerzas y ánimos a tener dolorosos bajones e incluso tocar fondo sin demasiadas ganas de levantarse. No les extrañe, mis niños y niñas, eso nos pasa a todos. Nada más difícil en la vida que soportar momentos de dificultad, nada más desafiante que tener que vivir esas horas que uno por nada del mundo desearía tener que vivir. Cierto que cuando todo pase, hasta diremos que aprendimos mucho, que nos volvimos más fuertes, que cambiamos para mejor; pero eso será después, porque, por ahora, mientras dure esta hora indeseable, cada día es un reto que a veces luce superior a nuestras fuerzas.

Por eso, hoy quiero acompañarlos con una sencilla reflexión, la de vivir dando gracias. El otro día una columnista del periódico El Tiempo se burlaba del Presidente porque todos los días comenzaba su programa dando gracias a Dios. Decía ella de manera sarcástica que “¿dar gracias de qué?”. Obviamente ante sus ojos críticos con todo esto de la pandemia, los contagiados, los muertos, las UCIs, la economía emproblemada, los empleos perdidos, el confinamiento, el pico de la enfermedad que no llega, no hay ninguna razón para dar gracias. A lo mejor, algunos de ustedes, viendo como van las cosas y tal vez sufriendo realidades personales en sus propios hogares, han llegado a pensar lo mismo que ella. Y, sin embargo, yo quiero invitarlo a vivir dando gracias, sobre todo en este momento en que tal vez no dan ganas de dar gracias. Dar gracias, mis niños y niñas, les puede salvar la vida.

 

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