Perfectae caritatis

Como saben, este año 2023 se cumplen 40 años desde la aprobación de las nuevas Constituciones de la Orden (25 de agosto de 1983), que renovaron las escritas por San José de Calasanz siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II, de cuya inauguración acabamos de celebrar el 60º aniversario (1962).

En medio de estos dos eventos (1962, 1983), la Unión de Superiores Generales, presidida en aquel momento por el P. Pedro Arrupe SJ, llevó adelante un importante trabajo sobre la renovación de la Vida Consagrada, dinámica en la que estaban metidas todas las Congregaciones. Era un momento importante de la historia de la Vida Religiosa. La pertenencia a la Unión de Superiores Generales (USG) me permite acceder a documentación interesante sobre ese trabajo que hicieron los superiores generales del momento. Les sintetizo lo esencial, como marco de esta salutatio que quiero dedicar a invitarles a pensar sobre nuestra vida consagrada y el proceso de renovación que estamos invitados a llevar adelante.

El P. Arrupe presentó, en la asamblea de la USG de mayo de 1974 una síntesis del trabajo realizado por los superiores generales. Lo hizo en tres partes: puntos difíciles, puntos de esperanza y características de la vida religiosa futura. Estoy seguro de que nuestro recordado P. Ángel Ruiz participó de lleno, con entusiasmo y dedicación, en aquel trabajo. El P. Ángel estaba en su primer año como general. Quien escribe esta salutatio estaba a punto de entrar en el noviciado. Era una época apasionante. Como ahora.

Entre los puntos difíciles, estos eran los destacados: los cambios rápidos, la escasez de profetas inequívocos, la falta de vocaciones, los errores en la formación de los jóvenes, el exceso de experiencias, la no reflexionada respuesta al secularismo, dudas sobre el sacerdocio y la patología del escepticismo. Junto a estas, aparecen otras: inmovilismos institucionales, escasa valoración de la pastoral específica, búsqueda de una vida comunitaria fácil y agradable que debilita el celo apostólico y disminución del espíritu de oración.

Los puntos de esperanza detectados eran los siguientes: el reencuentro con el carisma del Instituto, los deseos de renovación, la orientación hacia el Evangelio, el deseo de oración, la inserción en el mundo de los pobres, el sentido de humildad y la consiguiente renuncia a privilegios, el deseo de una mejor formación, la búsqueda de mejores relaciones interpersonales, la sensibilidad ante la lucha por la justicia y un deseo de cooperación eclesial.

Las características de la Vida Religiosa futura que se veían en aquel momento eran las siguientes: austeridad y sencillez de vida contra la sociedad de la abundancia; el servicio gratuito frente a deseos de lucro; la reflexión y responsabilidad, frente a la ligereza y superficialidad ambiental; la obediencia madura y libre frente al deseo insano de libertad absoluta; el amor universal y preferencial por los débiles; la referencia central al Evangelio en todos los aspectos de la vida y de las decisiones.

Estoy convencido de que el contenido de estos tres párrafos, escritos hace cincuenta años, continúa siendo iluminador para el momento que vivimos en la actualidad, probablemente porque todavía estamos en medio de ese necesario proceso de renovación de la Vida Consagrada que propuso el Concilio. Nosotros estamos acostumbrados a funcionar por sexenios o cuatrienios, y a veces se nos escapa que un proceso de renovación en fidelidad creativa necesita tiempo, mucho tiempo. Pero no cualquier tiempo, sino un tiempo atento, un tiempo de discernimiento, un tiempo aprovechado porque es vivido con pasión, seriedad y capacidad de búsqueda honesta de las mejores respuestas. No sólo necesitamos tiempo, sino un tiempo seriamente vivido, porque es serio el tema del que estamos hablando: la renovación de nuestra vida.

¿Por qué digo esto? Pondré un ejemplo que nos ilustre la cierta capacidad de “tiempos no aprovechados” que tenemos en ocasiones. En nuestro 48º Capítulo General se aprobó un nuevo Directorio de Formación Permanente que sustituía al publicado en 1994 y que estuvo vigente durante casi 30 años. Si leemos atentamente aquel directorio nos daremos cuenta de cuántas cosas interesantes se planteaban en él y que -bastantes de ellas- han pasado desapercibidas y han vuelto a ser reafirmadas en el nuevo documento.

Para tratar de acercarme a los desafíos de renovación que somos llamados a vivir, he elegido el texto aprobado por nuestro 48º Capítulo General en el primero de sus documentos, que fue asumido por los capitulares como núcleo configurador de nuestro proceso sexenal. Se trata de un documento titulado “Al paso de Jesús”, que tiene como pórtico la primera de nuestras “Claves de Vida”. Dice así: “Profundizar en nuestra espiritualidad escolapia y en los procesos de crecimiento de una vida consagrada centrada en Cristo para una vivencia integral, equilibrada, mística y profética de nuestra vocación”.

Creo que las cuatro palabras elegidas por el Capítulo General sintonizan perfectamente con los deseos más profundos de todos nosotros, y con las claves del proceso histórico que vive la Vida Consagrada y al que me estoy refiriendo en esta carta fraterna. Diré algo de cada una de estas cuatro palabras, porque creo que orientan muy bien las opciones que hemos de asumir en todas las áreas de nuestra vida y misión, desde la Formación Inicial.

INTEGRAL. Vivir integralmente la vocación significa atender y encarnar adecuadamente todas y cada una de las dimensiones que la enriquecen y definen. Nosotros, los escolapios, debiéramos ser unos especialistas en lo integral, porque asumimos como ministerio el de educación integral, desde el Evangelio, de los niños y jóvenes. Integral, referido a la misión, quiere decir que tratamos de educar en todas las dimensiones, los tiempos, los ámbitos, las edades y los contextos en los que crecen nuestros alumnos. Lo mismo cabe decir de nuestra vida consagrada.

Cuando entendemos bien lo integral, se avanza bien en la identidad vocacional. ¿Se imaginan una formación inicial sin experiencia concreta y realmente formativa de misión o de comunidad? Nosotros formamos escolapios, no sólo estudiantes. Pero lo mismo podemos decir de la vida escolapia adulta, que hemos de saber vivir atendiendo a todos los desafíos que le son propios. Es aquí donde podemos y debemos situar los “puntos difíciles” o los “puntos de esperanza” a los que me refería al comienzo de esta carta. La integralidad de nuestra experiencia vocacional es una tarea para toda la vida, y debe ser cuidada y vivida de modo consciente y serio. De esto hablamos cuando decimos que “hay que cuidar la vocación”.

EQUILIBRADA. En las visitas que hago a las casas de formación destaco siempre el desafío de vivir con equilibrio las tres dimensiones centrales que somos llamados a vivir: el cuidado de la experiencia de Dios, la vida comunitaria y la entrega a la misión. “Equilibrada” no quiere decir aquí algo así como “prudente” o “tranquila”. No. Equilibrada quiere decir que sabemos integrar adecuadamente las tres dimensiones en cada uno de nosotros.

No hace mucho, con motivo del Año Jubilar Calasancio de 2017, utilizamos tres verbos que nos ayudaron a entender un poco mejor lo que es la vida y la misión escolapias: EDUCAR, ANUNCIAR, TRANSFORMAR. El secreto de la vocación escolapia es que estas cosas no están separadas. No educamos simplemente al dar clase, o anunciamos al hacer catequesis y transformamos al trabajar en un proyecto social, por ejemplo. No somos sacerdotes simplemente cuando celebramos la Eucaristía, religiosos cuando estamos en la comunidad y educadores en la clase. No es así nuestra vida, separada en compartimentos estancos.

Todas las dimensiones de la vocación se unen, se integran, se viven unidas, a través de la persona que asume esta vocación. El secreto de la vocación escolapia está precisamente ahí; en el equilibrio, la plenitud y la profunda relación con las que una persona las vive. Equilibrio y plenitud son dos palabras inseparables para entender lo que quieren decir nuestro Capítulo General.

Esto es lo intentamos vivir, este es el equilibrio que buscamos.  No sin errores, no sin dificultades. Somos humanos. Nunca vivimos todo con la perfección que deseamos. No podemos. Pero es maravilloso vivir con deseos de autenticidad. Es maravilloso dedicar cada día a ser fiel al sueño que te atrapó desde joven. Es formidable tratar de vivir cada día, cada momento, con el deseo de servir a la causa en la que crees, de modo apasionadamente equilibrado.

MÍSTICA. Otra palabra desafiante. Calasanz propuso para los escolapios la “vida mixta”, es decir, contemplativa y activa a la vez. Incluso llegó a decir de ella que es más perfecta: “Si se ha dado a los de ministerio o específico de solo vida activa o sólo contemplativa, ¿por qué se ha de negar a quienes con uno y otro ministerio viven vida mixta, que es más perfecta?[1]

Hay muchos caminos para entender lo que quiere decir la palabra “mística” aplicada a los escolapios. Yo me voy a fijar simplemente en Pablo y en Calasanz. Hay muchas frases de Pablo que nos explicitan su experiencia mística. Prácticamente habla de ello en todas sus cartas. Para muestra, un botón: “he sido atrapado por Cristo[2]”. Pablo fue un buen ejemplo de una vida activa y contemplativa a la vez. Por eso su vida fue apostólica. La vida apostólica precisa combinar adecuadamente ambas dimensiones.

Calasanz nos enseña, con su vida, no sólo lo que es la experiencia mística de la vocación escolapia, sino la importancia de cuidar esa dimensión, de cultivarla en el día a día. La vida de Calasanz es un bello ejemplo de lo místico, que consiste esencialmente en una “clara experiencia y conciencia de la unión estrecha del hombre con Dios[3]. Sólo desde esta experiencia mística se puede entender el alcance de la vida y obra de Calasanz: el despojo de sí mismo; su profunda vida de oración; su amor por la pobreza; su disponibilidad a la voluntad de Dios, desde la obediencia; sus constantes llamadas a escuchar las mociones del Espíritu; su entrega a los niños, hasta el final y, cómo no, sus propias experiencias místicas.

 

PROFÉTICA.

No encuentro una forma más sintética y clara de expresar la dimensión profética de la Vida Consagrada que las afirmaciones del Papa Francisco en su mensaje a los consagrados y consagradas con motivo del Año de la Vida Consagrada. Recojo el párrafo íntegro, porque es muy valioso. Decía así el Papa: “Espero que «despertéis al mundo», porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía. La radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se exige a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo profético. Esta es la prioridad que ahora se nos pide: ser profetas como Jesús ha vivido en esta tierra… Un religioso nunca debe renunciar a la profecía. El profeta recibe de Dios la capacidad de observar la historia en la que vive y de interpretar los acontecimientos: es como un centinela que vigila por la noche y sabe cuándo llega el alba (cf. Is 21,11-12). Conoce a Dios y conoce a los hombres y mujeres, sus hermanos y hermanas. Es capaz de discernir, y también de denunciar el mal del pecado y las injusticias, porque es libre, no debe rendir cuentas a más amos que a Dios, no tiene otros intereses sino los de Dios. El profeta está generalmente de parte de los pobres y los indefensos, porque sabe que Dios mismo está de su parte. Espero, pues, que mantengáis vivas las «utopías», pero que sepáis crear «otros lugares» donde se viva la lógica evangélica del don, de la fraternidad, de la acogida de la diversidad, del amor mutuo[4].

Es bien cierto que, si todo es profecía, entonces nada es profecía. Pero también es cierto que una de las tareas más interesantes que tenemos entre manos es la de poner nombre a algunas “profecías escolapias” que podemos tratar de vivir y de proclamar. Cito algunos ejemplos que mueven profundamente el corazón escolapio: la profecía de la educación para todos; la profecía de unas Escuelas Pías en Salida; la profecía de una escuela motor de cambio social; la profecía de una vida buscadora y donadora de sentido; la profecía de una fe que testimonia los valores que más se necesitan pero que no se buscan; la profecía del abajamiento… Somos llamados a despertar el corazón y el alma de los jóvenes.

Termino esta sencilla reflexión con una afirmación final: La llave de este proceso de renovación de nuestra Vida Consagrada Escolapia y, consiguientemente, el mejor tesoro que podemos ofrecer a las personas y comunidades que construyen Escuelas Pías con nosotros y a los niños y jóvenes que crecen en nuestras obras y presencias es el de una vida escolapia centrada en Cristo, capaz de ofrecer a todos la única Palabra plena y definitiva que da respuesta a todas las preguntas. Nuestro Capítulo General lo sintetizó así: “somos en nuestros ambientes memoria misma de Cristo[5]. Que así sea.

Reciban un abrazo fraterno.

 

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General

 


[1] SAN JOSÉ DE CALASANZ. Memorial al Cardenal Tonti. Opera Omnia, tomo IX, página 306.

[2] Flp 3, 12.

[3] MARTÍN VELACO, Juan. “El fenómeno místico”. Ed. Trotta, Madrid 2003, página 213.

[4] FRANCISCO. Mensaje a los consagrados y consagradas con motivo del Año de la Vida Consagrada, 29 de noviembre de 2013.

[5] CONGREGACIÓN GENERAL. 48º Capítulo General de las Escuelas Pías. Documento capitular. Ediciones Calasancias. Colección CUADERNOS n. 65, página 15.