Son diversos los puntos de vista desde los que nos podemos acercar a las claves de nuestro ministerio escolapio. Sin duda que el Capítulo General tendrá la oportunidad de profundizar en varios de ellos. Yo me quiero centrar, en esta breve reflexión, en tres aspectos que me parecen muy importantes.

El primero de ellos es, precisamente, el adjetivo que usa Calasanz para referirse a nuestro ministerio: “insustituible”. He pensado mucho sobre esta afirmación. Y me parece que encierra un significado muy hondo.

Quizá algunas personas puedan pensar que la misión educativa llevada adelante por las Escuelas Pías tiene sentido mientras los Estados no asuman en plenitud el deber de garantizar la educación a las jóvenes generaciones. Según esta opinión, la propuesta de Calasanz nacería con una “mentalidad de suplencia”, hasta que otras instancias asumieran el desafío de la educación.

Nada más lejos de la realidad. Ni Calasanz, ni muchos otros fundadores y fundadoras de Congregaciones religiosas dedicadas a la educación tomaron sus decisiones desde una mentalidad de suplencia. Todo lo contrario. Quisieron dar una respuesta integral a una necesidad integral. Nuestro proyecto educativo nunca dejará de ser imprescindible, porque nunca –ni antes, ni ahora ni en el futuro- será íntegramente asumido por los Estados. La Escuela Escolapia tiene algo más, y lo debe aportar. La Escuela Escolapia debe creer en su proyecto y ofrecerlo sin duda y con convicción, por el bien de los niños y jóvenes. Por eso, es fundamental el trabajo en común de todos los que creemos en esta propuesta educativa. Sólo así irá adelante. Sigue habiendo muchos niños y adolescentes sin escuela, y muchos más que necesitan una escuela que realmente funcione como tal. Y siempre será necesaria una Escuela que evangelice la Educación, que aporte a Cristo, que apueste por el pobre, que huela a Reino de Dios. Esto no lo ofrece ningún currículo oficial.

Calasanz nos enseñó a creer en lo que somos llamados a aportar. Creer no sólo de modo teórico, sino de modo comprometido, como creemos los creyentes. Creer de modo que nos entregamos a aquello en lo que creemos. Creer es trabajar por él, por un proyecto audaz de Escuela Escolapia. Si miedo a las dificultades que puedan surgir.

Creer en el propio proyecto, sin rebajarlo ni disolverlo en el mercado educativo, por responder a las expectativas, y convocar a todos a un proyecto común, liderándolo en la medida en que sea necesario.

Creer en el propio proyecto significa que –aunque debamos saber situarnos en cada contexto- no lo adaptamos a las demandas, sino que lo ofrecemos como algo valioso, pero de modo que pueda ser recibido y acogido. Lo ofrecemos como un servicio humilde, pero con convicción.

Porque creemos, convocamos a este proyecto. El mundo, los niños, los jóvenes necesitan educadores convencidos, necesitan religiosos escolapios, necesitan pastores entregados, necesitan padres de familia convencidos. Convocar es una tarea extraordinaria. No es egocéntrica. No hay nada más comprometido con los seres humanos que llamar a ser educadores. No basta sólo con dar la vida por la educación, hay que buscar a otros que lo hagan después de nosotros. Esta es una de las buenas enseñanzas de Calasanz.

A veces da la impresión de que no tenemos proyecto. O de que nos conformamos con cumplir las exigencias de la legislación de cada país. Hay personas en nuestras instituciones que piensan que lo nuestro aporta muy poca novedad y que, si nos vamos, no pasa nada. Muy al contrario, debemos decir que abandonar una escuela es algo que no nos podemos permitir, o estar en ella sin trabajar por su futuro, por su crecimiento, por su consolidación.

Hay un segundo punto de vista desde el que quiero referirme a nuestro ministerio, y no es otro que el contexto provocado por el Papa Francisco al convocar a toda a toda la sociedad a “Reconstruir el Pacto Educativo Global”.

Desde el momento en el que el Papa nos convocó a este formidable desafío estoy colaborando en algunos equipos de trabajo, sobre todo desde la coordinación de las respuestas que podamos dar las diversas Congregaciones religiosas que nos dedicamos a la educación. Quisiera ofrecerles una síntesis de lo que está en juego en este tema del PACTO EDUCATIVO GLOBAL.

Como punto de partida, el Papa piensa que hay que “reconstruir” el pacto educativo, porque hay fracturas importantes que debemos reconocer y afrontar, especialmente tres: entre la persona y Dios; de las relaciones humanas en su diversidad (la relación con quien es diferente a mí) y de la persona con la naturaleza. Estas tres fracturas sólo se pueden superar desde la educación. Por eso es necesario un pacto global que las aborde y que nos permita luchar por un mundo diferente.

El itinerario desde el que se aborda este trabajo de reconstrucción del PACTO EDUCATIVO GLOBAL prevé diversos encuentros y foros de reflexión, la definición de algunos núcleos centrales desde los que articular el proceso del Pacto, y unas opciones preferenciales desde las que avanzar. Dejo de lado la referencia a los diversos encuentros, cuyas informaciones son públicas y al alcance de todos, y me refiero a los núcleos y a las opciones.

Han quedado claros los cuatro núcleos centrales desde los que se quiere trabajar: dignidad humana y derechos; ecología integral desde la óptica de Laudato Si’; paz y ciudadanía; solidaridad y desarrollo. Han quedado también claras las tres opciones desde las que impulsar todo el proceso en estos núcleos. Son tres: poner la persona en el centro; impulsar todos los procesos que ayudan a crecer a la persona; educar en el servicio al bien común de todos los seres humanos.

Pienso que no estamos ante una serie de eventos más o menos interesantes, sino ante un proceso formidable de repensar la educación y situarla en su lugar, como la clave de un mundo mejor, de una sociedad más justa y fraterna. Para nosotros, escolapios, hijos e hijas del fundador de la escuela popular cristiana, es fácil comprender este proceso, porque llevamos cuatro siglos trabajando en él y porque sabemos desde el inicio de nuestra historia escolapia que “si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la piedad y en las letras, puede preverse, con fundamento, un feliz transcurso de toda su vida[2]”, y que “de la esmerada educación de los niños depende la reforma de la sociedad[3]”. Por eso nuestro ministerio es “insustituible[4]”. Calasanz lo expresó de manera sublime en uno de los párrafos más conocidos de su Memorial al Cardenal Tonti: “Muy meritorio, por establecer y poner en práctica con plenitud de caridad en la Iglesia, un remedio preventivo y curativo del mal, inductor e iluminador para el bien, destinado a todos los muchachos de cualquier condición -y por tanto a todos los hombres, que pasan primero por esa edad- mediante las letras y el espíritu, las buenas costumbres y maneras, la luz de Dios y del mundo…[5]

Me gustaría convocarles a todos a formar parte de este desafío propuesto al mundo por el Papa Francisco. Estemos atentos al proceso y busquemos nuestros mejores modos de participar en esta tarea universal consistente en reconstruir el pacto educativo global. Estamos ante un reto que ya fue iniciado -proféticamente- por Calasanz, y en el que hoy podemos y debemos seguir dando lo mejor de nosotros mismos. Sabemos que la situación actual no es fácil. Pero por eso es más urgente.

Y el tercer aspecto desde el que quiero acercarme a la reflexión sobre nuestro ministerio tiene que ver con algunas apuestas que tenemos planteadas como Orden y en las que debemos profundizar. Son unas cuantas, pero me voy a referir solamente a cinco de ellas.

La primera es sostener nuestras escuelas. Hay que ser realistas: tenemos escuelas en crisis. La pandemia del COVID-19 ha provocado una situación en la que para algunas de nuestras escuelas no está garantizada la sostenibilidad. Esta es la realidad. Nos va a tocar recorrer un camino difícil, en el que deberemos tomar decisiones complicadas, para poder sostener algunas de nuestras escuelas hasta que la situación mejore y podamos volver al estado anterior a la pandemia, y si es que podemos. Tenemos que hablarnos unos a otros con claridad, pero debemos también animarnos a luchar, como Orden, por nuestras obras. Las cosas no están fáciles, sobre todo en algunos contextos que han sufrido especialmente la pandemia, como nuestras provincias americanas. Hace unos meses no se me hubiera ni siquiera planteado esta apuesta de “sostener las escuelas”. Pero el escenario que tenemos nos obliga a tenerlo muy en cuenta.

Hay una segunda apuesta, apasionante, que estamos haciendo en relación con nuestro ministerio: el proceso sinodal y el Movimiento Calasanz. El Sínodo Escolapio que estamos viviendo y el trabajo sostenido por consolidar el Movimiento Calasanz en el conjunto de las Escuelas Pías nos está abriendo nuevas “ventanas de misión” y nos está planteando nuevos desafíos. Seguro que nuestro Capítulo General, que contará con la presencia de algunos jóvenes en los últimos días de trabajo, nos dará pistas sobre todo ello. Entre esos desafíos, podemos citar algunos que ya aparecen con fuerza: qué tipo de escolapios necesitan los jóvenes de hoy; qué propuestas de corresponsabilidad en la misión debemos construir con los jóvenes; qué testimonio debemos ofrecerles; qué calidad en las claves del Movimiento Calasanz debemos garantizar; qué dinamismos vocacionales debemos impulsar; qué procesos de fe podemos y debemos acompañar, etc.

La tercera apuesta tiene que ver con la innovación educativa en nuestras plataformas educativas. Aquí estamos trabajando todos. Sólo quiero poner nombre a la principal preocupación que percibo entre los responsables de nuestro ministerio: innovación, sí, pero desde lo que somos, desde nuestra identidad. Este es el reto de las Escuelas Pías. Estamos inmersos en un proceso de profunda innovación. Somos conscientes de que nada puede ser igual durante mucho tiempo, y que debemos saber situarnos en el mundo en el que vivimos y en el que vendrá. Sabemos que la verdadera escuela es la que prepara a sus alumnos para saber vivir en un mundo que todavía no existe, pero les capacita para poder crearlo y transformarlo. Por eso creemos en la innovación. Pero una verdadera innovación, desde la perspectiva de la que estamos hablando, sólo se puede hacer partiendo de la identidad propia e irrenunciable de lo que somos y determinando, con certero discernimiento, cuáles son los vectores esenciales desde los que queremos innovar nuestra escuela. Después, determinados los vectores de cambio, vendrán los métodos y los recursos.

La cuarta apuesta nos viene planteada directamente por el propio proceso del Pacto Educativo Global, y podemos sintetizarla así: educar para la ciudadanía global, con una fuerte inspiración en las propuestas de la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco. Incluso hay un concepto que ya se empieza a acuñar, y es el de eco-educación. Nuestras escuelas tienen un proyecto educativo claro, basado en el Evangelio. Sabemos lo que queremos. Lo hacemos conocer. Tratamos de que sus claves impregnen el quehacer diario de los educadores. Buscamos que sea conocido por las familias. Lo convertimos en propuestas educativas desafiantes para nuestros alumnos, y tratamos de acompañar adecuadamente su proceso de crecimiento integral como personas. Pues bien, a esta necesidad de tener un proyecto claro, asumido y compartido, debemos sumar hoy una certeza muy clara: entre los ejes de este proyecto debe estar el desafío de educar para una ciudadanía global y en la conciencia de la importancia de la ecología integral. Esta apuesta debe ser eje central de nuestro proyecto, si queremos ser fieles a lo que la Iglesia nos plantea y a lo que necesita nuestro mundo: jóvenes comprometidos con la construcción de un mundo mejor, para ellos y para las futuras generaciones.

Y la quinta apuesta a la que me quiero referir es profundamente calasancia, y Nuestro Santo Padre la dejó escrita en sus Constituciones: cuidar, con esmero, nuestra misión. El texto de Calasanz es bellísimo: “Si nuestra Obra se lleva a cabo con el esmero debido, es indudable que continuarán las insistentes peticiones de fundación en numerosos estados, ciudades y pueblos, como se ha venido comprobando hasta el presente[6]”. Nuestro ministerio debe ser vivido así: con cuidado y esmero diario. Clase a clase, reunión a reunión, proyecto a proyecto, alumno a alumno, día a día, todos los días. Sólo así vivimos en fidelidad la vocación escolapia. Es bueno recordarlo de vez en cuando. Para nosotros no hay calidad sin entrega.

Recibid un abrazo fraterno.

Pedro Aguado Sch. P.
Padre General

[1] San José de Calasanz. Memorial al Cardenal Tonti. Opera Omnia, tomo IX, página 302
[2] San José de Calasanz. Constituciones de la Congregación Paulina, 2
[3] San José de Calasanz. Constituciones de la Congregación Paulina, 175
[4] San José de Calasanz. Memorial al cardenal Tonti. Opera Omnia, tomo IX, página 302
[5] San José de Calasanz. Memorial al cardenal Tonti. Opera Omnia, tomo IX, página 303
[6] San José de Calasanz. Constituciones de la Congregación Paulina, 175.

 
Tomado de: Scolopi.org

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