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I. VIDA Y OBRA
San José de Calasanz nació en Peralta de la Sal, en Aragón (España), en 1557. Ordenado sacerdote en 1583, tuvo que desarrollar importantes misiones en varias diócesis de España. En 1592 se encaminó a Roma para el desempeño de delicadas gestiones con la Santa Sede, pero aquel resultó sólo un viaje de ida. En la Ciudad Eterna, de hecho, se sintió impresionado por la miseria de la juventud que vivía en los barrios más pobres y marginados, y escuchó la voz del Señor que le decía: “José, entrégate a los pobres. Enseña a estos niños y dedícate a ellos”.
Después del Concilio de Trento habían surgido ya muchas escuelas festivas de catecismo bajo la tutela de parroquias y confraternidades, y se hacía bastante más que hasta entonces. Pero en él maduró un proyecto completamente nuevo: es decir, el de salvar a los jóvenes, procurando realizarlo mediante la enseñanza de la fe y de la moral, al mismo tiempo que de las ciencias humanas, en escuelas diarias y gratuitas, con programas graduados, clases escalonadas y exámenes. Calasanz emprendió esta obra suya en la escuela fundada por el párroco de Santa Dorotea, en el Trastévere, transformándola poco a poco en la primera y verdadera escuela popular de Europa. Su proyecto educativo se resumía en el lema:”PIEDAD Y LETRAS”, que hoy se podría traducir por “FE Y CULTURA”, y a su obra le dio el nombre de “ESCUELAS PÍAS”.

Su ardiente deseo de educar a todos los niños mediante sus escuelas para los pobres, así como su apoyo a los descubrimientos de Galileo, le ocasionaron la oposición de muchas personas y de no pocos representantes de la sociedad civil y eclesiástica. Frente a tales dificultades y a todo tipo de incomprensión, mostró siempre una heroica y ejemplar paciencia.
¡Cuánto tuvo que sufrir él para asegurar la escolarización primaria de todos sus niños! Probado con duras adversidades, no desistió de seguir su camino y continuó sirviendo a la Iglesia de un modo tenaz. Este testimonio suyo constituye una enseñanza útil para todos. Nos ayuda a comprender con qué generosidad todo discípulo de Cristo, no obstante las oposiciones y humillaciones, los obstáculos y persecuciones, debe mantenerse constantemente fiel al Señor. Para seguir a Jesús crucificado, nuestro único y verdadero Maestro, es necesario adherirse al Evangelio, sin compromisos ni miedos, y tomar cada día la propia cruz. Son siempre actuales las palabras del Señor: “Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16, 24).
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